
He decidido parar este relato. Primero, porque no soy yo ni es mi vida: es sólo eso:
un relato de ficción.
Eso no significa que el personaje, no pueda
seguir escribiendo. Por ello quiero
compartir esta carta que encontré en el asiento de un tren a Concepción:
Decidí viajar hasta aquí para ver de dónde venías, cómo es la tierra donde diste tus primeros pasos, quería saber qué olías cuando volvías caminando del colegio… Pero al llegar a la estación, no pude bajarme: simplemente, no pude. Fue como si me hubieran tomado de los hombros y alguien me hubiera dicho al oído, no lo hagas, te puede doler. Me di vuelta para responder que después de lo vivido contigo no habría ningún dolor peor o más intenso, también quería decirle a esa voz algo irónica, que la palabrería imaginativa ya no me la tragaba y además pensé en decirle que era mi vida y que por lo tanto la que tomaba las decisiones era yo… pero, ¿sabes?, no pude articular palabra por el miedo, el temor a que esa fuera tu voz y que yo por algún motivo anónimo y sombrío no lograra resistirme a su encanto y a pesar de poder decir lo que quería decir, al momento de la raya para la suma, de nuevo mi alma quedara en la tuya y mi cuerpo en tus manos.
Así es que aquí voy de
nuevo, mirando el anverso del paisaje recorrido en el camino de ida. Al principio agua y verde, para luego ir
cubriéndose de tonos de café, de niños caminando con la cabeza gacha, de
mujeres acarreando canastos, de hombres mirando nada. Tuve que inclinar mi frente en la ventana
porque la pena reptó hasta el borde de mis ojos, dejándome (como casi siempre,
expuesta) a las pesquisas de la gente.
¿Tenías que botarme así,
como todos? Al pensar en esto con mayor
detención, creo necesario hacer un alcance:
no todos los hombres de mi vida me han botado… lo han hecho los que me
intrigan, los que me dan vuelta de cabeza, los que me flechan el alma para
hacerla sangrar, no para hacerla vibrar… es como si mi sufrir fuera una especie
de recompensa: la quebré, la partí, soy
más fuerte, ¿qué se creía? Nunca me he
creído nada: es más, me he des-creído
hasta el extremo de la idiotez y de la falta de sobriedad…
No sé por qué te
escribo. Lo dijiste simple: a partir de ahora, no existes. Hundir y arrasar has dicho que es tu lema en
la vida, que no tienes ni Dios ni ley, que a la única persona a la que
realmente quieres es a ti, que has abofeteado a tu madre, abandonado hijos y
mujeres, que haces negocios con clérigos o estafadores, que matas y asaltas
para sobrevivir…
Y yo, sólo aspiro al amor. El tuyo, el mío, el nuestro.
Hasta ahí dejó esta mujer su carta. Por eso hasta aquí dejo yo este Diario que
relata la vida de una fémina que sabe que lo que tiene no existe (como la
autora de la carta para el destinatario de la misma), pero que, no siente la
fuerza para arrasar y hundir; que no tiene la convicción como para entregarse
ni a los designios de Dios ni de la ley; que recién se está iniciando en el
camino de la autoestima; que si peleó con su madre, supo pedirle perdón y
arrepentirse; que no quiere por ninguna razón o persona perder a sus hijos; que
no sabe ni de negocios ni de relaciones por conveniencia; y que respeta a los
demás como debe ser.





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