
Quiero llamarlo y preguntarle, ¿cómo lo
haces, cómo puedes dar vuelta el día sin llamarme, desconectado?
¿Cómo lo haces?
¿De qué sirve tener la mente y el alma repleta de "no puedo vivir sin tí", cuando la realidad demoledora es que sí, sí se puede?
Estoy tan triste, cansada, lost. Son
dos décadas contigo y conmigo, en un nosotros que simplemente extirpaste.
"Nosotros" no existe. NO.
Lo peor es que pienso más que antes en tí,
te deseo más que antes, te añoro más que antes, te espero más que
antes... pero al mismo tiempo ya no te intuyo como solía hacerlo, ni
tampoco confío en tí, ni siento la necesidad de contarte nada.
La tranquilidad nos tiene a todos
hipnotizados. La pedimos tanto y ahora estamos instalados en este
remanso. Lo raro es que el desasosiego (de la piel, de las neuronas, de
los sentimientos, en fin, you name it) persiste. Entonces siento que más
que apacibilidad, lo que hoy tengo es un punzón persistente que me taladra el
amor. Ese que juramos compartir hasta que la muerte nos separe. Y,
entonces, al parecer, la muerte llegó. Está instalada con su manto
inapelable de silencio, su mirada ininterrumpida y su indiferencia aplastante.
Si fuera un concurso de TV, la pregunta del
millón debiera ser algo así como: ¿y quién aguanta más debajo del agua? ¿Quién saldrá primero a pedir aire?

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