
Escribo a esta hora de ojos cerrados, respiración acompasada, mente plana, vida ausente. Pasaron cuatro, cinco días de una cierta ansiedad esperanzada en que al volver a encontrarnos algo pasaría (¡¡¡¡¿¿¿QUÉ???!!!!) que permitiría que todo nuestro engranaje volvería a ponerse en acción. Pero no, no fue así.
Lavé hasta los
platos, pero sabía, sabía que algo iba a estar mal.
Te pido que
compres una Coca Cola, yo me preocupé de dejar tus cosas y lo mínimo sería que
dejaras bebidas compradas.
Sabía, sabía…
Lo mínimo, lo
mínimo…
Ya no sabemos
nada: ni lo máximo, ni lo intermedio ni
menos lo mínimo. No nos conocemos. Nuestras reacciones nos dejan desconcertados,
con la boca abierta, incapaces de creer lo que nos pasa cuando al vernos todo
es infierno y mientras fantaseamos en la lejanía somos ternura y necesidad.
Te vas, salgo a
hacer la compra semanal del supermercado, lloro, no puedo imaginar qué
haces. Vuelvo, ordeno, llamas y haces
una pregunta pelotuda, te corto, me quedo helada. Incapacitada.

Comentarios recientes
hace 2 días
hace 5 días
hace 2 semanas
hace 2 semanas
hace 2 semanas